Purulencia verborrágica. Dolor que late a ritmo de corazón embadurnado de sagrado colesterol. Bitácora de la explosión del imperio de la grasa y las visceras freídas.
martes, 4 de octubre de 2011
393. original
Copiando a los demás llegué a ser yo mismo. La originalidad ha vuelto a estar de moda.
La discusión sobre el origen, en cambio, pasó de moda con el sacramento de la comunión católica.
Ser uno mismo significa copiar a los demás con todo descaro hasta sepultarlos con hastío y repugnancia.
Ser uno mismo significaría que todos somos el mismo.
La única originalidad posible sería la mala interpretación o, en el mejor de los casos, la perversión.
Eso, hasta que la perversión fue tan copiada y tristemente interpretada por incapaces que la convirtieron en un remedo de inclusión, reemplazando la parodia por la seriedad religiosa típica del subnormal en busca del apoyo de una soldadesca travestida, disfrazada de descontento e inadaptabilidad grupal (una idea bastante controversial, por cierto).
No hay originalidad sin trauma ni nadie digno de ser copiado, parodiado o mal interpretado que, además no haya copiado, parodiado o mal interpretado a otros en un proceso de mediocrización crónica del objeto y los resultados.
Suponiendo que el primer objeto al que se hizo referencia en el origen era la realidad misma; los que le siguieron se desprendieron en mitosis siguiendo el designio degenerativo en el que todo se detiene paulatinamente hasta la quietud anterior a la explosión en un proceso degenerativo.
Cada versión era más pobre, más resumida, contaba y explicaba menos.
Vivimos en una época en la que es fácil sentirse genio si se usa la ropa adecuada.
Lo que fue enmarañado no es el conocimiento que es estático; fue nuestro cerebro baboso el que se hizo nudos tratando de conocer lo que no puede, quiso conocer a los demás a través de la copia empobrecida (la de ellos).
Robando todo lo bueno de los otros, robado y mal interpretado por ellos a su vez (cosa que nos incluye en el papel de victimarios), los destruimos y nos destruimos. Fuimos destruidos por la realidad que entendemos resumidamente: en su versión para deficientes.
Se sabe que todos somos malas copias pero no se sabe de qué somos copias.
La sicosis significa su contrario. Nunca tuvimos contacto con la realidad.
A través de las malas copias y de las buenas, se perdió la referencia del objeto original. Su importancia se perdió en medio de la competencia por describir lo que no se puede describir porque no se sabe que es; nada y todo. La unidad que no cabe en nuestras minúsculas cabezas rellenas de gelatina sanguinolenta.
Buscando la originalidad se les olvidó a los genios que todo es una copia pobre de lo que nunca llegarán a conocer. La primera afirmación es una pésima copia de la realidad indeterminada. Cada palabra es una metáfora insuficiente para referirse al mundo que, evidentemente, no es mundo tampoco.
Como la mayoría de las humanidades, la originalidad es una estupidez, una idea estéril y solitaria.
Tres kilos de gelatina le exigen al universo entero, del que anualmente se conoce la mujer más hermosa, que los sorprenda con algo nuevo porque su lenguaje lo ha agotado todo.
Sabiendo que lo único que podemos crear son excrementos y que estos se parecen tanto entre sí sin distinguir a sus autores, nadie debería esperar que se lo premie como una persona original. Mucho menos como un copión, hábito deleznable que nadie debería copiar de los demás.
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