
Ya no creo en ninguno de los argumentos que me han convencido de exponerlos con torsiones de la lengua y el garguero mientras impresiono a una fulana. Ahora veo. Ahora no veo. Veo las cuatro paredes, seis paredes, ocho paredes, las que sean.
Uno puede creer en la cuántica, en los raelíanos, en los noticieros o en el papa.
Estamos llenos de bolsas de agua sucia y huesitos débiles como la virginidad de una mujer.
Darle patadas al mundo es acordarse de que uno no es nada más que un bulto de sangre, huesos y mierda.
Las patadas que le doy frente a usted a la pared son falsas. Cuando las he dado en serio el dolor se ha encargado de recordarme lo imbécil que soy. Son unas actuaciones desgastadas que ya no me gusta interpretar ni para Dios ni para mi mismo.
A Dios se lo inventaron para que viera todo lo que hacemos mientras estamos solos. La soledad nos vuelve locos. Sin Dios no habría público para nuestro espectáculo.
La soledad es una condena y la familia es la célula de la sociedad. En soledad se está a solas con Dios.
Paso fácilmente de un carácter sereno a un ataque sicótico. Luego me siento como un imbécil; dócil, culpable, arrepentido. Le hablo a Dios de lo grande y humilde que soy.
Dios nunca responde así que terminé por volverme altanero a pesar de que sea yo el único de los dos que siente dolor cuando le pateo las paredes.