Purulencia verborrágica. Dolor que late a ritmo de corazón embadurnado de sagrado colesterol. Bitácora de la explosión del imperio de la grasa y las visceras freídas.
lunes, 26 de septiembre de 2011
721. medalla al mérito ajeno
En el punto en el que un operario llega a convertirse en artista por su manejo virtuoso de la maquinaria habría que pensar si el valor con el que se juzga la calidad de la ejecución no está determinado por las imposiciones técnicas de la maquinaria misma, quitándole el mérito de brindar un espectáculo aburguesado de entretenimiento a costillas de un jirón de cables y bombillas que es a lo que redujimos el planeta en el que viajamos por el espacio.
Si vuelvo a ver una foto de unos pájaros parados en los cables de la luz, muy a mi tristeza, voy a comenzar a matarlos a pedradas.
No más fotos de cualquier hongo que crezca por ahí ni de los propios zapatos.
No más fotos de atardeceres ni de cualquier animal que respire o agonice cerca del objetivo de una de nuestras costosas cámaras. Somos turistas incluyendo nuestras propias vidas como esenario, como destino turístico.
La cámara hace al fotógrafo que sin cámara no existe. La cámara ES el fotógrafo. Un ojo frío y desapasionado nos enseña a mirar el mundo sin el alma que pensamos darle. Humanizando a la máquina, como ya se ha dicho hasta el cansancio, se llega a ser como ella.
Llegado el punto en el que la máquina hace mejor lo que antes hacíamos nosotros, ya no nos necesita y los méritos, nuestros méritos, habrán desaparecido.
Reduciendo la realidad a su versión pornográfica, obligada además, por caprichosa imposición, a seducirnos para excitar nuestra compasión, el único mérito que nos queda es imitar mediocremente los procesos optimizados por las máquinas para pretender darles el alma que no tenemos (porque no existe) a través de la imperfecta mano de obra, que sólo puede ser humana hasta que llegue el día, no muy lejano, en el que se esclavice a los primates induciéndolos al trabajo de oficina y las comodidades de la vida en la ciudad.
Hay una razón por la que las ruinas parecen gustarle tanto a los amantes de la fotografía pero habrá que desengañarlos contándoles que el mundo no se fabrica con una cámara de fotos ni el movimiento con una película. Cuando no existamos más y creamos que lo que acabó fue el mundo, nadie verá las fotografías que les tomamos a nuestros zapatos, siempre tan bien fabricados por las talentosas máquias operadas por esclavos tercermundistas a las que ya nadie podrá felicitar.
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