viernes, 2 de septiembre de 2011

575. ley de leyes: ju(z)gando al artista


Las leyes determinan qué es lo correcto y qué es lo que no es correcto.
Las leyes no hacen que el orden exista, hacen que creamos que existe el orden. Creer en la ley es una ley que ya nos creímos.
Lo que en principio es impuesto logra naturalizarse con el tiempo. Volver atrás sería una nueva imposición.
El tiempo es una ley que nos fue impuesta, nos creímos y naturalizamos.
La ley se crea después del delito. La ley es creada para evitar la repetición del delito que la creó.
No se rompió ninguna regla porque la regla, antes de estar rota, no era regla.
La ley obliga a que sean creados nuevos delitos.
En vez de quitarle diversión al crimen, la ley lo convierte en un juego reglamentado.
No hay nada más divertido, por no decir que es la esencia del juego, que hacer trampa. Que lo diga un abogado que se especializa en inventar maneras de usar las leyes para no tenerlas.
Siendo la ley una suerte de hija estúpida y miedosa del delito, siempre dispuesto a explorar su minusvalía, le es imposible disimular el miedo.
Através de las leyes se establecen toda clase de arreglos e intercambios para cubrir el traspaso de bienes y males. La justicia se hace, se mide y se aplica con dinero. La ley del mercado es la ley que nos impone la existencia de algo llamado mercado. El mundo es mercancía en cuanto puede ser ofrecido, vendido y comprado. Su valor será determinado por la ley.
Una vez más el delito hace la ley. Si se venden cuerpos humanos, no se prohibe la venta, se reglamenta. No se prohibe aunque parezca que se prohibe. La prohibición, en realidad, es una reglamentación. La trampa es la esencia del juego. Todos los jugadores están por encima del juego. Por eso todos quieren jugar.
Entre la cantidad de juegos que existen hay unos más exigentes que otros pero, a fin de cuentas, todos son igual de aburridos. Hay quienes juegan al juego del artista y luego se aburren.
Por supuesto, el artista no existiría sin la ley. El cumplimiento de la ley consagra al artista. El no cumplimiento de la ley crea el arte, lo 'artístico' y destruye todo aquello que la cumpla.
Lo 'artístico', desde hace muchos siglos, dejó de ser lo decorativo, aunque se llame 'artístico' a todo lo decorativo, en vista de que lo 'artístico' dejó de existir siendo reemplazado por la publicidad (a veces propia), en gran medida, gracias a la naturalización de las reglas de aquel que dicidió jugar, casi siempre, habiendo sido preparado, es decir, fundamentado y enterado del reglamento, en alguna academia y por sus maestros de pacotilla, policías y árbitros.
El juego del arte funciona porque nadie hace trampa. Siendo lo 'artístico' todo lo que excede la regla y la canonización lo que determina qué es lo 'no artístico' con su consagración, nada de lo que se considera arte, hasta el momento, es 'artístico'. Todo aquello que lo fue ya no lo es, lo perdió. Los museos pueden arder y serán más 'artísticos' que todo lo que guardan. Es basura que nadie entiende porque es mercancía y la mercancía no se entiende. La mercancía se compra, se vende o se alquila.
¿Es tan importante el arte para hablar así?
Evidentemente no, el arte no vale nada porque no es arte, es mercancía y/o publicidad. Cuando es publicidad la mercancía es el artista. El artista es un producto que se pule para el comprador. Es su propio producto, su propia fábrica, su propio vendedor, su propio esclavista. La ley del mercado no es arte, o sí. El arte no es tan importante, no es nada, es comercio, dinero para los adinerados y sus payasos.
Habría que terminar con la palabra arte y dejar de jugar a los mesías y a los genios luminosos o malignos. Reconocer que, como todos, los artistas son trabajadores mediocres y alienados por la oferta y la demanda que son ellos mismos divididos por la ley.
Para salvar el arte hay que destruirlo. El arte no está corrompido por la ley del mercado, es una de sus caras. Lo visionario, lo oscuro, lo oculto, se vendió o se permutó. La iluminación y la decadencia son regidas por la oferta y la demanda. Los poetas malditos serán vendidos, los benditos: malditos sean.
El arte no es un camino alternativo, no es una respuesta, es una oferta o una demanda. Todos los artistas quieren ser comprados o vendidos. No es artista el que no fue comprado o vendido.
Si el arte, despojado de toda su capacidad de diversión e improductividad por el rigor del genio trabajador, no es la respuesta de los inconformes ¿Cuál es entonces?
Si el problema es la ley, la solución es el delito. Todo lo que esté regido por alguna ley está imposibilitado. La ley es la negación del delito que es afirmativo. El delito ES. La ley es la ausencia de delito. No se existe bajo la ley.
¿Qué tiene que ver el artista en todo esto?
Nada, en realidad. No hay artistas, hay obreros.
La tara de quien juega al mercado jugando al artista es que quiere figurar como si un paquete sobresaliera de los demás en el supermercado. Buscando estar fuera de una ley y dentro de otra deciden cumplir la ley que es siempre la misma.
Lo que tiene que ver el artista con todo esto es que es ingenuo y no se cree obrero, no se cree trabajador.
Es cierto que la mayoría de los criminales son obreros también. Cuando el crimen es una profesión está dentro de la ley, es productivo, deja de ser crimen. El verdadero crimen, el arte del crimen, es el que va en contra de la única ley del juego. Por eso los policías y políticos no son criminales aunque lo sean.
Quien se sienta poseído por el delirio mesiánico, tan ingenuo como el cristiano, que caracteriza al que decidió jugar al artista, debería pensar que, considerando artístico a todo aquello que busca romper la única ley, es el crimen y no el arte, el verdadero arte.
El crimen es el nuevo arte y el arte sólo será arte mientras sea un crimen.

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